Argentina se convirtió en el escenario de una batalla diplomática que pone en riesgo nuestra soberanía comercial. El reciente y fuerte cruce de declaraciones entre las embajadas de Estados Unidos y China por la instalación de infraestructura estratégica y la explotación de recursos validó que nuestro país es hoy el trofeo en disputa de las dos superpotencias. Las advertencias cruzadas no dejan lugar a dudas: cada paso que da el Gobierno es observado con lupa en Washington y Pekín.
La presión por el control de la hidrovía, el litio y la base espacial en Neuquén ha escalado a un nivel de tensión que ya no se puede ocultar. La falta de un plan estratégico propio nos deja a merced de intereses ajenos, convirtiendo la política exterior en un peligroso juego de equilibrio que podría estalla en cualquier momento.
