En una de las ofensivas más feroces desde el inicio del conflicto, Rusia lanzó 675 drones y 56 misiles contra la capital ucraniana. El ataque destruyó infraestructuras civiles y marcó el fin del breve cese al fuego negociado recientemente.
La madrugada de este jueves, el cielo de Kiev se convirtió en un escenario de devastación. Pese a que la defensa aérea ucraniana logró interceptar la mayoría de los proyectiles, el impacto de los restantes causó el colapso de edificios residenciales, una escuela y una clínica veterinaria. El presidente Volodimir Zelenski confirmó el fallecimiento de 10 personas, entre ellas una niña, y reportó 45 heridos. «Rusia se burla de los esfuerzos diplomáticos», sentenció el mandatario, visiblemente golpeado por la magnitud de la agresión en un momento donde se especulaba con un acercamiento.
Este bombardeo representa un duro revés para la gestión de Donald Trump, quien la semana pasada había logrado un alto el fuego de tres días. Tras el vencimiento de la tregua, el Kremlin endureció su postura, exigiendo la retirada total de Ucrania del Donbás como condición innegociable para cualquier mesa de diálogo. Para Kiev, estas condiciones son inaceptables y equivalen a una rendición, lo que proyecta una continuación de las hostilidades en un conflicto que ya supera los cuatro años de duración y no muestra señales de agotamiento.
