Lo que comenzó como un simple control por una infracción de tránsito terminó desnudando una realidad alarmante sobre el narcotráfico en nuestra capital. Un conductor que circulaba de manera sospechosa fue detenido por la policía, y tras una inspección de rutina, los efectivos se dieron con un cargamento de 30 kilos de marihuana y cocaína ocultos en el vehículo. El delincuente cayó por un descuido propio, no por una investigación previa.
La indignación de los vecinos nace precisamente de lo fortuito del hecho: si el conductor no hubiera cometido una falta menor frente a los uniformados, esos 30 kilos de veneno estarían hoy distribuidos en los quioscos de nuestros barrios. El secuestro incluyó ladrillos compactados de marihuana y varias dosis de cocaína de máxima pureza, lo que indica que se trataba de un eslabón clave en la cadena de distribución local. Mientras el detenido quedó a disposición de la justicia federal, la bronca queda instalada en una sociedad que siente que la lucha contra la droga depende más de la suerte que de un plan serio.
¿Cuántas «mulas» más circulan por la Circunvalación o el centro cordobés mientras los controles reales brillan por su ausencia? Este hallazgo casual valida el reclamo de una comunidad que exige eficiencia policial y no solo intervenciones reactivas cuando el delito se les cruza por delante de casualidad.
