El distrito más concurrido y famoso de la capital japonesa implementó brigadas de inspectores multilingües que aplican multas instantáneas de 2000 yenes a quienes arrojen desperdicios en la vía pública. La medida busca frenar el impacto del turismo masivo en una ciudad donde históricamente escasean los tachos de basura.
La paciencia de las autoridades de Tokio frente a los desbordes del turismo internacional parece haber llegado a su límite. En Shibuya, el icónico distrito conocido mundialmente por su gigantesco cruce peatonal y sus carteles de neón, caminar con total libertad para arrojar un papel al suelo ya forma parte del pasado. Desde el 1 de junio, el gobierno local puso en funciones a una nueva fuerza de patrullaje callejero encargada de multar in situ a los visitantes que ensucien la vía pública, una medida drástica para combatir los efectos colaterales del turismo excesivo que satura a la nación asiática.
Bajo el lema “Si tiras basura, pierdes dinero”, el municipio desplegó un ejército de hasta 60 patrulleros que recorren diariamente las zonas comerciales y de ocio. Lo llamativo del sistema es su enfoque tecnológico y la velocidad de ejecución: los inspectores —entre los que se cuenta una decena de agentes multilingües para evitar barreras idiomáticas— abordan a los infractores con carpetas de notificaciones y terminales de pago electrónico en la mano. Quien es sorprendido tirando desperdicios recibe una multa inmediata de 2000 yenes (unos 12,50 dólares), la cual puede abonarse en menos de tres minutos utilizando efectivo, tarjetas de crédito, plásticos de transporte o códigos QR desde el celular.
La falta de tachos de residuos en el espacio público de Japón es una problemática histórica que desconcierta a los occidentales. Las papeleras públicas fueron retiradas masivamente hace décadas, principalmente debido a alertas de seguridad y temor a atentados terroristas, sumado a los elevados costos de mantenimiento. Con la nueva ordenanza, el gobierno de Shibuya no solo busca sancionar a los peatones, sino también obligar a los comercios locales y operadores de máquinas expendedoras a proveer recipientes para los desechos, bajo apercibimiento de severas multas de 50.000 yenes (unos 313 dólares) para los locales que incumplan.
Esta avanzada contra los desechos urbanos se enmarca en una crisis más profunda que atraviesa Japón tras haber recibido la cifra récord de 42,6 millones de turistas internacionales durante el año pasado. El fenómeno del «sobreturismo» ya obligó a otras localidades a tomar medidas extremas de preservación comunitaria. Por ejemplo, en la ciudad de Fujiyoshida se llegó a cancelar el tradicional festival de la floración de los cerezos para blindar a los residentes de las multitudes, mientras que el histórico barrio de Gion, en Kioto, prohibió el ingreso de extranjeros a sus calles privadas ante el acoso constante que sufrían las geishas por parte de los fotógrafos. En Shibuya, el objetivo final es claro: imitar el modelo de Singapur para que el temor a la sanción económica automatice el respeto por la limpieza de la ciudad.
