El torneo unirá a Estados Unidos, Canadá y México en un desafío logístico de 39 días. Sin embargo, la cita deportiva llega en medio de un clima político y diplomático áspero, marcado por las asimetrías de poder y los roces latentes en materia de comercio, narcotráfico y políticas migratorias.
La primera Copa del Mundo organizada en forma conjunta por tres naciones se presenta no solo como un hito deportivo de dimensiones colosales, sino también como un complejo laboratorio político. El despliegue de la competencia, que abarcará una inmensa geografía de 16 ciudades anfitrionas a lo largo de 39 días, se asimila a una cena donde los invitados ingresan en el momento más álgido de una discusión familiar. Lejos quedaron las sonrisas diplomáticas de diciembre pasado, cuando los mandatarios se fotografiaron junto al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, durante el sorteo en Washington DC. La realidad cotidiana expone que los hilos que unen a Estados Unidos, Canadá y México se encuentran bajo una fuerte y constante tensión.
La fisonomía de los vínculos continentales está fuertemente supeditada a las posturas de la Casa Blanca. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha manifestado de manera abierta su visión de que su país representa la potencia dominante e indiscutida de la región, una postura que genera inmediatas fricciones con sus contrapartes: la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, y el primer ministro canadiense, Mark Carney. Las diferencias estructurales no son menores y tocan fibras sensibles de la agenda internacional, tales como las disputas arancelarias por el comercio bilateral, los rigurosos controles de inmigración y los desafíos compartidos en la lucha contra el narcotráfico, problemáticas que han permanecido en un estado latente pero conflictivo desde la asunción del líder republicano.
Llevar a cabo con éxito un engranaje organizativo de esta magnitud requerirá una coordinación técnica y de seguridad sin precedentes en la historia de los mundiales. La diplomacia deportiva enfrenta así una doble lectura: por un lado, el riesgo inminente de que las rispideces de las fronteras se trasladen al plano organizativo y queden expuestas ante el foco de la opinión pública mundial; por el otro, la oportunidad histórica de que el fútbol funcione como un bálsamo integrador capaz de forjar lazos de cooperación más estrechos y constructivos entre el trío de naciones de cara al futuro.
