Tras la lección de fútbol en la cancha, el gobierno del Reino Unido no soportó el homenaje de la Selección Argentina a los caídos en 1982 y lanzó una repudiable provocación diplomática. Ahora, la diplomacia inglesa exige que la FIFA castigue al plantel. ¿Hasta cuándo el estatuto del fútbol va a blindar el colonialismo?
La humillación deportiva suele desnudar las verdaderas caras del poder. Luego del triunfazo por 2-1 de la Selección Argentina frente a Inglaterra, la alegría albiceleste se cruzó con la impotencia británica. El motivo fue una bandera con el mapa de las Islas Malvinas que el plantel exhibió durante los festejos, un gesto que desató la furia de Downing Street y provocó una declaración oficial que destila arrogancia colonial.
«Puede que la Copa del Mundo no sea nuestra, pero las Islas Malvinas sí lo son», fue la nefasta frase que un vocero del gobierno británico filtró a través del diario The Guardian. No conformes con la provocación, el secretario de Comercio, Peter Kyle, exigió que la FIFA aplique su artículo 34.3 —aquel que prohíbe consignas «políticas»— para sancionar económicamente o deportivamente a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), tal como ocurrió en 2014.
Desde El Cordobés nos preguntamos: ¿Es un «mensaje político» honrar la memoria de 649 compatriotas caídos, o la verdadera política es utilizar el peso de una potencia europea para silenciar un reclamo histórico en el escenario global? La hipocresía de los organismos internacionales vuelve a quedar expuesta, siempre listos para castigar a los países del sur mientras hacen la vista gorda ante los atropellos de los dueños de la pelota.
Lejos de achicarse ante el apriete internacional, los pibes de la Selección plantaron bandera. Gonzalo Montiel aclaró que el trapo bajó desde la tribuna como un regalo de la gente, mientras que Lisandro Martínez y Leandro Paredes pusieron las cosas en su lugar: fue un homenaje sincero y doloroso a los veteranos de guerra. «No podíamos fallarle al pueblo argentino», resumió Martínez, demostrando que el plantel entiende a la perfección que hay partidos que se juegan con la historia en la espalda.
Mientras el mundo del fútbol aguarda para ver si la FIFA cederá ante la presión británica, la postura de la Selección ya es un triunfo. Porque las copas se ganan y se pierden, pero la memoria y la soberanía no se negocian en ningún escritorio.
